viernes, 27 de noviembre de 2020

Arrancamos


Por alguna razón, el ser humano desde sus inicios como especie ha encontrado inspiración en aquellos sitios que resultan pequeños, acogedores, íntimos.

 

Basta con hacer un sencillo ejercicio de memoria y descubriremos que, a lo largo de nuestras vidas, nos hemos introducido en las zonas de mayor lucidez de nuestra existencia fundamentalmente en las ocasiones en que hemos estado solos, en aquellos sitios en que advertíamos que nadie podía encontrarnos y eso daba rienda suelta a la imaginación y a los sueños.

 

Tal sensación, se incrementaba cuando el ámbito, el refugio, el búnker era pequeño, diminuto. ¿Los motivos? Quizás, en algún punto, esa locación nos traiga remembranzas del vientre que alguna vez habitamos cuando empezábamos a llegar a este mundo.

 

Es común, también, que al intentar dormir en nuestra cama intentemos —casi inconscientemente— taparnos de tal forma que aquel espacio nos de la sensación de ser un cobertizo, un gazebo, una bolsa. Como si allí estuviéramos a salvo de cualquier peligro y, así, podernos entregar al sueño y abandonar el estado de alerta.

 

Por otra parte —y quizás por razones que Darwin podría explicar mejor—, la naturaleza suele volverse la principal aliada de nuestras fantasías. Explorarla, tenerla a nuestra disposición nos invita a crear, a aventurarnos, a explorar.

 

Siendo niños, a más de uno algún padre o algún abuelo nos daba el gusto de construirnos una casa entre las ramas de un árbol y allí se disparaban los sueños. Esconder tesoros, desatar batallas épicas con personajes imaginarios o, simplemente, estar solos en un lugar secreto era nuestro momento predilecto del día.

 

La vida adulta nos arrebató esa inocencia. Nos robó gran parte de las fantasías que nos acompañaban en la niñez. Y, también, nos empujó a una vida hiper-social, colmada de contactos superficiales y con una pesada carga de obligaciones, que nublaron todo lo que nos hacía felices en nuestros primeros años de vida.

 

Sin ánimo de ser pretenciosos, en este pequeño pero cálido espacio queremos reactivar, aunque más no sea, una pequeña cuota de aquello que perdimos en el camino. Encender la imaginación. Profundizar el análisis o, simplemente, provocar la reflexión franca a partir de un cuento o una historia.

 

Nada mejor para lograr nuestros objetivos que edificar esta pequeña Casita del Árbol.

 

Bienvenidos.



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